Los volcanes que cambiaron la historia de la humanidad: Krakatoa, Santorini, Eyjafjallajökull, Vesubio…

Aquella erupción hizo que las temperaturas en todo el planeta descendieran entre tres y cinco grados, lo que produjo lo que los científicos llaman un cuello de botella genético que puso en peligro la capacidad para sobrevivir de nuestra especie. “Muchos genetistas y arqueólogos creen que la catástrofe del Toba estuvo a punto de acabar con la raza humana, ya que sostienen que solo sobrevivieron entre 1.000 y 10.000 parejas reproductoras en todo el mundo”, prosigue Prothero.

Paradójicamente, sostiene Martin Meredith en su libro Born in África. The Quest for the Origins of Human Life (Simon & Schuster) –”Nacido en África. La búsqueda de los orígenes de la vida humana”–, esta situación crítica obligó a la humanidad “a innovar, a crear nuevas herramientas, a formar sociedades más complejas y convertirse en cazadores recolectores más eficaces”. También provocó una gran migración fuera de África. Toba estuvo a punto de acabar con nuestra especie, pero seguramente sin esa explosión descomunal no hubiésemos vivido una revolución tecnológica que se prolonga hasta nuestros tiempos. Se trata de una hipótesis discutida por algunos expertos, pero que refleja hasta qué punto los volcanes representan un desafío para la humanidad desde sus orígenes.

Erupción del volcán Eyjafjallajökull, en Islandia, en 2020.
Erupción del volcán Eyjafjallajökull, en Islandia, en 2020.INGÓLFUR BJARGMUNDSSON / GETTY IMAGES

Otros volcanes europeos, como Santorini y la llamada Erupción Minoica hace 3.500 años, que seguramente dio lugar al mito de la Atlántida, y naturalmente el Vesubio y la destrucción de Pompeya y Herculano, tuvieron una importante influencia en la Antigüedad. De hecho, como cuenta Daisy Dunn en su reciente ensayo Bajo la sombra del Vesubio (Siruela), el hecho de que Plinio el Joven, el gran naturalista romano, fuese testigo de la explosión cerca de la costa napolitana, en la que murió su tío, Plinio el Viejo, cambió completamente la vulcanología. Desde entonces, los volcanes no han dado tregua a Europa.

El 5 y el 10 de abril de 1815, el monte Tambora, situado también en Indonesia, estalló y provocó una nube de cenizas que envolvió todo el planeta. Resulta imposible saber cuántas personas murieron directa o indirectamente, aunque historiadores como Brian Fagan hablan de casi 100.000 en la mayor erupción en 2.000 años. El efecto sobre el clima fue tremendo: en 1816 no hubo verano y un grupo de amigos aprovechó aquel gélido estío para contarse cuentos de terror en una casona en Suiza a orillas del lago Leman. Así nació el mito de Frankenstein, en cuyo prólogo Mary Shelley habla de un “verano húmedo y riguroso”. Aquel monstruo surgió de una gran explosión volcánica para recordarnos hasta qué punto el clima del planeta se sostiene en un delicado equilibrio, que ya no solo rompen los volcanes sino los propios humanos.

Fuente: El País

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