Las pequeñas cosas que hacen de ‘The Mandalorian’ una gran serie

Sin duda, la segunda temporada de The Mandalorian fue una colección de momentos extraordinarios. No sólo se trató de la capacidad de Jon Favreau para narrar una historia convincente, sino también, de profundizar en puntos sutiles que la hicieron, además, muy emocional.

Además del despliegue de mitología de la saga y sin duda, la aparición de queridos personajes — puerta abierta a los futuros spin off — uno de los grandes triunfos de la serie fue mantener la integridad de sus personajes centrales. Y lo hizo de una manera sencilla: enfocándolos con una elegante simplicidad.

Desde la primera temporada, la relación entre Mando y el hasta ahora Niño sin nombre al que protegía, fue capital para entender las decisiones del mandaloriano.

¿Por qué un curtido cazarrecompensas rechaza todos los códigos que promulga y sostiene sólo para cuidar de un bebé desconocido de una raza sin nombre? ¿Qué le lleva a cruzar la galaxia en busca de respuestas y a responsabilizarse de forma total por una criatura a la que apenas acaba de descubrir?

Favreau construyó un arco narrativo cuidadoso alrededor de Mando: desde las primeras escenas, el hecho que fuera huérfano y además, que su pasado esté lleno de lo que al parecer son una serie de circunstancias traumáticas, convirtió a su comportamiento en la consecuencia de un contexto concreto.

Pero más allá de eso, Mando decidió cuidar al Niño, por una razón básica que cualquier fanático podía comprender: era un bebé en peligro. ¿Te parece en exceso superficial para la progresiva madurez que adquirió la serie? No lo es tanto.

The Mandalorian: una evolución evidente

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Durante la primera temporada de The Mandalorian, el guion dejó a un lado la naturaleza infantil de baby Yoda, en beneficio de la eventualidad de comprender mejor las motivaciones de Mando. Jamás hubo escenas del mandaloriano ocupándose de “la criatura”, además de asegurarse se mantuviera segura y fuera del alcance del Imperio.

Poco a poco, fue notorio el tránsito entre un hombre que toma decisiones correctas, a uno que siente real y genuino afecto por su joven pupilo. El argumento hizo un considerable hincapié en el esfuerzo, sacrificio y riesgos de Mando al decidir romper códigos y tomar decisiones autónomas para salvar la vida de la criatura. Pero evitó mostrar que la relación fuera algo más que una desesperada decisión ética.

Incluso Jon Favreu llegó a decir que la relación entre ambos — en ese momento — no era la de un padre con un hijo, sino la de un hombre que decidía hacerse cargo de una responsabilidad. Para ilustrar el punto, usó un referente directo: el cómic Kozure Ōkami de Kazuo Koike y Goseki Kojima. El showrunner hizo hincapié que deseaba ese tipo de relación entre sus personajes. Un deber moral que sobrepasaba cualquier sentimiento personal. Por lo que la edad y el comportamiento infantil de Baby Yoda, en realidad no tenía ninguna importancia. O no una capital e inmediata.

Pero en la segunda temporada, en la que Mando debía recorrer la galaxia en busca de respuestas sobre la procedencia del pequeño, la necesidad de ilustrar la naturaleza de la criatura, era imprescindible. Por lo que la relación entre ambos personajes evolucionó. Lo hizo además, de una forma progresiva, entrañable y profunda, que dejó claro que Mando no sólo protegía a una criatura desvalida, sino que cuidaba de un bebé y uno especialmente dotado.

Pero un bebé al fin al cabo. Uno que podía asustarse, comer lo que no debía — sí, nos referimos a esa escena — y la transición casi inadvertida hacia un hecho irrebatible. Grogu necesitaba ser cuidado y además, educado, porque era un bebé y uno, que a pesar de su posible entrenamiento y todo lo relacionado con la naturaleza de su poder, era tan pequeño como para necesitar a Mando como sostén emocional en momentos especialmente duros.

De huir con una “carga valiosa”, que no sabía si debía de “entregar” a una “tribu de hechiceros enemigos”, el Niño pasó a ser “Grogu”, que respondía a su nombre y además, dependía de Mando para todas las cosas.

El guion de la serie apuntaló la idea de Grogu como una relación emocional mayor que transformó el mundo de Mando al extremo de correr todo tipo de riesgos y enfrentarse incluso, a ideas mayores sobre su percepción acerca del niño. Desde la tierna secuencia en que Grogu responde a su nombre y contempla asombrado a Mando, hasta el hecho de Ahsoka Tano (Rosario Dawson) reconociera que el vinculo entre ambos podía ser un peligro, la noción sobre el amor paternal que les une, fue de considerable importancia en una temporada en que el acento sobre las emociones de Mando fue definitivo.

Por ese motivo, la escena de despedida entre ambos fue tan emotiva y conmovedora. Cuando Mando alza su casco para mostrar su rostro a Grogu y el pequeño lo acaricia con el gesto de un niño, no sólo se trata de la culminación de un largo viaje emocional de enorme interés, sino también de una muestra del camino que seguirá la serie de ese momento en más.

Mando reconoce la importancia de Grogu en su vida y también, del sentimiento que les une. Lo hace con el máximo gesto de desinterés y profundo respeto de su cultura. Y Grogu, como el bebé que es, le contempla con cuidado, se asombra y al final, es evidente que hay un momento de reconocimiento y total complicidad entre uno y otro.

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Convertir a Mando en padre fue increíblemente convincente en la primera temporada, y dejar que Baby Yoda sea un bebé es una de las cosas más inteligentes que hizo The Mandaloriann en la segunda. Hizo el amor entre ambos más complicado y más tierno.

Y en especial, permitió a los personajes un crecimiento de enorme cualidad argumental, que seguramente será el centro de la temporada por venir. Una forma espléndida de apuntalar la forma en que The Mandalorian se vincula con el resto de la saga — basada en relaciones paternales, incompletas, rotas, profundas, poderosas — y esta pequeña historia, que se une al resto en esa gran versión sobre la lealtad que ha hecho a Star Wars tan querida como importante para su considerable fandom.

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