‘The Craft’ en el 96 vs. 2020: ¿qué gana y qué pierde la historia de las cuatro brujas adolescentes con su remake?

Lo sabemos: las comparaciones son odiosas. Mucho más de películas que están realizadas para públicos y momentos históricos distintos. Pero en el caso de The Craft resulta más que necesario analizar el trasfondo para entender en que cambió una de las primeras historias que hizo acertados e inteligentes comentarios sobre el poder de la mujer, lo sobrenatural como una herramienta de identidad y sobre todo, llevó al gran público la idea sobre un elenco femenino como foco de atención.

Quizás ahora mismo ya no parezca la gran cosa, pero en realidad The Craft de Andrew Fleming es uno de esos experimentos afortunados que lograron encontrar su lugar en un momento en el que el cine de terror y suspenso estaban en plena transición hacia algo más adulto.

Eso, incluso antes que Scream (1998), de Wes Craven, “salvara” el género de terror de su gran caída en desgracia durante la mitad de la década de los ochenta, lo que hace que The Craft con su historia sobre brujería, una salvaje percepción de la adolescencia, la venganza y la rivalidad, fuera más significativa de lo que puede parecer a la distancia.

Fue una sacudida considerable para el cine adolescente, que salvo Clueless (1995), de Amy Heckerling, y los buenos recuerdos del cine de John Hughes tenía poco que decir y aportar. De pronto, este grupo estereotípico de chicas llevó a la percepción de la maldad y al poder a regiones por completas nuevas, que además se sostuvo sobre una base de película de terror simple que causó sensación.

El resultado fue un film que sin grandes pretensiones consiguió una base de fanáticos apasionados que además, tuvieron una idea nueva sobre la magia: era una forma de comunicar ideas y no sólo de aterrorizar personajes.

¿Consigue The Craft: legacy de Zoe Lister-Jones algo parecido? Hagamos un rápido repaso al respecto.

Chicas, chicas y más chicas

The Craft Legacy

Una de las cosas que más agradó al público adolescente del ’96 sediento de historias con las cuales identificarse, es que The Craft elaboraba una percepción bastante simple sobre la vida en los difíciles pasillos de la secundaria, pero lo suficientemente realista como para resultar convincente.

No iba más allá de narrar la vida de cuatro chicas excluidas por diferentes razones, pero a la vez tenía una concepción más o menos clara, sobre las dificultades e incomodidades de una edad complicada.

Si a eso añadimos que este grupo de marginadas tenía pequeños problemas que podían magnificarse en las condiciones adecuadas, el tablero esta dispuesto para una jugada interesante sobre la forma en que se percibe el miedo, la necesidad de aceptación y el sufrimiento emocional durante los primeros años de la adultez.

Por extraño que parezca, en The Craft: Legacy de Zoe Lister-Jones la connotación sobre la identificación no es tan inmediata seguramente porque la directora, actriz y guionista está más interesada en demostrar el poder femenino interseccional y al mismo tiempo ser consciente de los peligros de la masculinidad tóxica, que en elaborar hipótesis sencilla sobre el rechazo, la sexualidad recién descubierta y la confusión de la adolescencia.

Cuando el acento es tan evidente y marcado en un único tema, el resto de los que le rodean pierden solidez, y sin duda uno de los grandes problemas de la obra de Zoe Lister-Jones, es su incapacidad para conectar con algo más amplio que el poder misterioso de la magia conectado a las mujeres y en especial, al despertar de las más jóvenes sobre el poder de su cuerpo.

Somos los extraños

En la original del ’96, la teoría de la manzana podrida — la chica muy mala que se rodea de satélites para experimentar el riesgo — era llevada a una atractiva dimensión sobrenatural, que resultaba retorcida por su subtexto. No solo era la forma en que Nancy Downs (Fairuza Balk) lograba influenciar y manipular de manera brillante a Sarah Bailey (Robin Tunney), Bonnie (Neve Campbell) y Rochelle (Rachel True) hasta convertirlas en un grupo de marginadas que se relacionaban entre sí a través de un secreto poderoso, sino también la forma en que la furia de la adolescencia se convertía en algo más denso y oscuro.

La película, sin grandes pretensiones, exploraba el mal interior. Y con una firmeza que resultaba desconcertante desde sus cuidado simbolismo.

En la película de Zoe Lister-Jones las cosas apuntan hacia una idea elaborada sobre la individualidad, la experiencia de la masculinidad incómoda y sobre todo, el poder femenino en contraposición a esa percepción del hombre peligroso o que al menos, parece serlo.

Para la ocasión, la directora elabora un escenario de tensión insoportable: Lily (Cailee Spaeny) se muda con su madre (Michelle Monaghan), su nuevo novio (David Duchovny) y tres hijos, lo que la somete a una exclusión forzosa que sin duda es un peso adicional para el personaje.

Además, Lily debe enfrentar en la escuela al matón local Timmy (Nicholas Galitzine), algo que atrae la atención de Frankie (Gideon Adlon), Tabby (Lovie Simone) y Lourdes (Zoey Luna) que como en la antigua versión, no sólo le ayudan sino que además, asumen que esta extraña desvalida podría ser la cuarta integrante de su aquelarre.

Pero mientras en el ’96, la intención era la pura codicia y la ambición (Sarah tenía claros dones psíquicos), en la nueva versión lo es la solidaridad y sobre todo el espíritu grupal, lo que mueve la brújula de la película hacia una dirección nueva, parecida al remake de Black Christmas (2019) de Sophia Takal.

Lister-Jones intenta hacer algo semejante con mayor profundidad y un poco más de análisis sobre sus personajes, a la vez que usa la brujería para simbolizar el despertar sexual y social de las chicas, unidas de nuevo por un secreto. Pero en lugar de recorrer el camino de la magia como expresión del miedo que esconde la marginación, hace exactamente lo contrario, lo que hace que la película tenga un decepcionante giro que se hace predecible hacia el segundo tramo.

El mal que se esconde en el espejo

En la película de Fleming las cosas estaban claras: el mal era el exceso y de hecho cuando Nancy pierde el control sobre la cualidad del poder que la deidad Manon le confiere, se convierte en una peligro para sí misma y quienes le rodean.

En la versión de Lister-Jones no hay tensión ni mucho menos, una percepción sobre el mal convertido en un adversario legal. El cuarteto es casi irreprochable y la amenaza es externa por lo que la condición de la magia como expresión de algo más complejo, termina por perderse por completo y convertirse en algo más simple e insustancial.

Se echa de menos el peligro palpable de la primera película y sobre todo el riesgo de la brujería, como una puerta hacia lugares oscuros de la mente y los deseos que las jóvenes brujas deben intentar comprender.

El final, siempre el final

Y mientras The Craft de Fleming era una versión simplificada de una película de terror con una elegante tensión interior, el remake de Lister-Jones tiene mucho del piloto extendido de una serie — o la historia de origen de una franquicia — y sobre todo, de una narración sin demasiado que decir, que debería completarse con una secuela o al menos, algunas escenas más.

Al final, la historia de las jóvenes brujas para millennials es un recorrido incómodo por lugares comunes que no aportan demasiado a sus ideas originales. Un fragmento de una historia prescindible que quizás, fue innecesaria de origen.

El artículo ‘The Craft’ en el 96 vs. 2020: ¿qué gana y qué pierde la historia de las cuatro brujas adolescentes con su remake? se publicó en Hipertextual.

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