Crítica de ‘On the Rocks’: Sofia Coppola en todo su esplendor

Sin duda, esta es una película que podría haber rodado Woody Allen en sus momentos más inspirados: On the Rocks, de Sofía Coppola para Apple TV+, tiene mucho de la inquieta y por momentos crispada neurosis que el director imprime a sus películas, pero a diferencia de este, la directora encuentra un espacio silencioso, elegante y pulcro para narrar lo que a simple vista es una historia sobre las vicisitudes en la relación de una hija con su padre, pero que sin duda, es mucho más que eso.

Coppola toma la audaz decisión de abandonar en cierta medida sus miradas contemplativas a los grandes dilemas existenciales, para avanzar hacia algo más maduro, articulado y prometedor.

La Sofía Coppola que dirige On the Rocks es una mujer que, sin duda, aprendió algunas cosas en sus años de ausencia en el cine. De la sensibilidad decadente, ocasionalmente fatalista y sobre todo casi sensual que bordea y consume todas sus películas como un discurso sobre los sinsabores de la soledad y el desarraigo, la realizadora encontró un punto nuevo para reflexionar sobre la cualidad de la sensibilidad y en especial, los incómodos secretos que se guardan entre sonrisas y el trato cotidiano.

Para bien o para mal, On The Rock es una reflexión sobre la vida adulta, sus espacios erosionados por el tedio pero también, la búsqueda de la identidad, todo en medio del paisaje azulado y radiante de una Nueva York que para la ocasión, se sostiene como una versión estilizada de sí misma.

Coppola tiene una necesidad extraordinaria de compaginar los espacios, los dolores y las pequeñas dualidades en los lugares que mira con atención, solo que en On The Rocks esa tendencia es mucho más depurada de lo que lo ha sido antes. Si en Vírgenes Suicidas (2000) la cámara avanza con una placidez pesarosa que se hace cada vez más amarga, en On The Rock se convierte en un testigo, un observador enervado sobre lo que ocurre detrás de puertas y ventanas cerradas. Un acierto que le da un nuevo auge al conocido estilo de la directora y su capacidad para profundizar en sentimientos movedizos con enorme calidad argumental.

On The Rocks es lo nuevo de Sofia Coppola

Laura (Rashida Jones) y Dean (Marlon Wayans) son un típico matrimonio moderno y exitoso con una vida lujosa, que ocupan un apartamento cómodo en el SoHo de Nueva York. Ella es escritora, él es dueño de un startup de éxito que le obliga a pasar buena parte del tiempo fuera de casa, en la que su ausencia tiene un peso lento y casi insustancial. Después de todo, Laura está ocupada con los hijos de ambos, la fecha limite de su próximo libro y la necesidad de equiparar ambas cosas.

La vida transcurre plácida entre conversaciones nerviosas sobre métodos de crianza, la vida moderna y la necesidad del éxito. Laura es sin duda una mujer Coppola hasta extremos irrisorios. Hay algo elegante, nervioso y exquisito en esta mujer capaz de empujar el coche de su bebé a través del parque y a la vez debatir con los extremos de mente afilada en una serie de preguntas incómodas sobre lo que la vida le depara y lo que le espera de ella.

Justamente son las preguntas las que sostienen esta pequeña, tensa, ambigua y brillante historia: después de que Dean borracho de uno de sus múltiples viajes, Laura encuentra evidencia de una posible infidelidad. ¿Lo es? Parece pensar el personaje, después de una corta e inquietante conversación en que su marido, por completo borracho, parece decepcionado de encontrarle tendida a su lado. ¿A quién esperabas ver? Se pregunta Laura sin hacerlo en realidad, aferrada como puede y de la manera que puede a la angustia y a la decepción de algo que incluso, en ese momento, no tiene nombre ni tampoco forma real.

¿Esto es el fin de la felicidad? Parece preguntarse Laura, pero tampoco lo hace cuando encuentra en la maleta de Dean objetos sospechosos, una puerta abierta hacia una vida — lejos de ella, en la ausencia — a la que ella no pertenece.

Por supuesto, Laura acaba de encontrar la grieta en la imagen idílica de su matrimonio plácido, aburrido y sin mayores sobresaltos. Y esa grieta le empuja hacia lugares nuevos que no sospechaba estaban allí. O de hacerlo, estaban convenientemente ocultos bajo las tardes radiantes, el sueño del bebé, los días de escritura. Pero el veneno en Laura tiene un origen: Félix, su padre (un magnífico Bill Murray), es la encarnación del reverso oscuro de la vida del personaje. Tiene la misma mente rápida de su hija, la misma elegancia mental ingeniosa, pero también es un misógino irritante que encarna, de una manera u otra, todas sus inseguridades. Decadente, repulsivo, un misterio para su hija, es también el secreto origen de la amargura que ahora le persigue a todas partes. Porque Laura no deja de hacerse preguntas y el guion, hace un especial hincapié en el hecho definitivo que esa búsqueda de respuestas será el ritmo y la versión de la película sobre la realidad.

Coppola cambia el ritmo y el sentido del argumento a medida que Laura decide confiar en su padre. Hay un sacudón de conciencia, una nueva versión de la realidad y de pronto, este hombre de 76 años que ha caminado a la sombra de la vida de su hija, es el centro de todas las preguntas que su mente insiste en analizar, sin que le lleven en realidad a ninguna parte. Es entonces cuando Bill Murray encarna al que quizás es su personaje más completo, sustancioso y en especial, incomprensible. Este es un hombre obsesionado con el sexo femenino, con la percepción de la sensualidad, con una misoginia tan asimilada que termina por ser dolorosa y a la vez, tragicómica. Todo a la vez, mientras Félix intercambia chistes sin sentido con Laura, le explica las razones por las cuales un hombre de su edad puede admirar el trasero de mujeres de la mitad de su edad y por qué, está bien su atención obscena y casi agresiva hacia el sexo femenino.

Félix puede justificar a Dean y lo hace, a la vez que analiza y compone una versión de la realidad en la que esa justificación es válida. Es asombrosa la manera como el guion juega con las expectativas de Laura, las convierte en un subtexto incómodo y al final, reivindica de un modo u otro a Félix, convertido en lo que parece ser un tótem de sabiduría retórica que su hija mira con cautela. Hay muchas malas decisiones en la forma en que Laura trata de comprender la supuesta infidelidad que en apariencia sufre y también, la manera en que actúa en consecuencia. Pero el poder de Coppola radica en que las respuestas a las preguntas, son solo pequeñas insinuaciones, trozos de información que van y vienen de un lado a otro. Los cambios psicológicos de los personajes van y vienen de un lado a otro, elaboran una idea extraña sobre la realidad del amor y sus desavenencias.

Al final, la película no parece meditar tanto en la infidelidad de Dean, sino en la forma en que Félix intenta tender una mano a su hija. La película tiene una acerada ternura y en sus últimas secuencias una brillante manera de mirar lo cotidiano y los secretos que guarda, que resulta una formidable reflexión sobre la forma en que el mundo contemporáneo mira el amor. Bajo la silueta de una Nueva York exquisita, hay también espacio para los dolores, la belleza y al final, la redención tardía de pequeñas heridas que nunca llegaron a curar.

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