Muere James Randi, el ilusionista que luchaba contra las supersticiones y la pseudociencia

Las personas que albergan ciertas inquietudes suelen contar con referentes intelectuales, hombres y mujeres cuya trayectoria siguen y a los que admiran por sus aportaciones impagables a la sociedad. Para algunos es así simplemente porque la de ellos coincide con su propia mentalidad y por el estatus de la fama, al margen de si sus ideas tienen fundamentos probados. Pero, para muchos otros, el respeto que demuestran por un individuo relevante específico se debe tanto al rigor de sus consideraciones como a su talento para expresarlas. Y no hay duda de que James Randi (1928-2020) merecía y sigue mereciendo ser uno de nuestros referentes.

Nacido en la localidad de Toronto, su nombre real era Randall Zwinge, pero lo cambió por el de James Randi debido a su carrera como ilusionista. Su interés por dicha actividad se gestó cuando, tras un accidente de bicicleta que le tuvo más de un año con una pierna escayolada, vio al mago Harry Blackstone Sr. y decidió leer cuantos libros del asunto cayeron en sus manos. Fue prestidigitador en giras regionales, mentalista en clubes nocturnos de distintos continentes y falso astrólogo, valga la redundancia. Y toda la experiencia que adquirió a partir de 1946 le fue muy útil para desenmascarar a charlatanes de medio pelo.

En febrero de 1956, rebasó el record de Harry Houdini —otro brillante escéptico como el mismo James Randi— al permanecer en un ataúd sumergido en una piscina durante 104 minutos en el programa The Today Show (Sylvester Weaver, desde 1952), emitido por la NBC estadounidense. Le invitaban con frecuencia a participar en la emisión radiofónica de Long John Nebel en la estación neoyorkina WOR, y dirigió allí su propio espacio, The Amazing Randi Show, entre 1967 y 1968, del que tuvo que despedirse tras las quejas del arzobispo de Nueva York por unas supuestas declaraciones religiosas suyas.

Sin embargo, no alcanzó notoriedad internacional hasta su señalamiento en 1972 del célebre doblador de cucharas Uri Geller, autoproclamado psíquico, al que dejó en evidencia al año siguiente en The Tonight Show (Steve Allen, Dwight Hemion, William O. Harbach y Weaver, desde 1954), con Johnny Carson como presentador: “El resultado fue una inmolación legendaria, en la que Geller ofreció excusas nerviosas a su anfitrión cuando sus habilidades le fallaron una y otra vez”, según las palabras de Adam Higginbotham en The New York Times Magazine. Pero este absoluto ridículo no fue suficiente.

Muy pronto, ficharon al pillo israelí en The Merv Griffin Show (1962-1986), lo que empujó a James Randi a acercarse en 1976 al psicólogo Ray Hyman, muy crítico con las descuidadas pruebas que le hicieron a Geller en la Universidad de Stanford, y le propuso instituir una organización que se dedicase a combatir las pseudociencias. Y el resultado fue el Comité de Investigación Científica de Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), con Martin Gardner, columnista de Scientific American, el filósofo Paul Kurtz y dos monstruos de la divulgación racionalista como Isaac Asimov y Carl Sagan de miembros fundadores.

Hoy se la conoce como Comité de Investigación Escéptica, y desde muy temprano editó su propia revista, Skeptical Inquirer. Y dos décadas más tarde, el ilusionista creó la Fundación Educativa James Randi (JREF) para difundir la obligación del rigor científico, apoyar incluso legalmente a los que sufren ataques por cuestionamiento de las pseudociencias y ofrecer hasta un millón de dólares a cualquier persona que demuestre algún hecho paranormal, un desafío del que nadie ha salido airoso nunca en más de cincuenta años. Y es que ni tan siquiera han podido pasar las pruebas preliminares.

Otro de los momentos en los que James Randi demostró lo imprescindible que era fue cuando John Maddox, jefe de la revista Nature, le pidió en 1988 que supervisara las revisiones de los experimentos que había realizado el bioquímico Jacques Benveniste sobre homeopatía con resultados supuestamente favorables. Y, oh, no pudieron replicarlos. Así que hemos perdido a una de las luces de la razón más populares y luminosas con la muerte de James Randi, que además escribió una decena de libros y fue galardonado y objeto de numerosos homenajes, y hasta un asteroide, el 3163, se llama como él desde 1981. Pero cuanto hizo por nuestra cultura en vida fue tan contundente que su legado perdurará. O algunos estamos dispuestos a asegurarnos de que sea así.

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