¿Por qué huele tan bien tu bebé? Él no lo sabe, pero te está convenciendo para que lo cuides

Una de las primeras cosas que llama la atención de los padres primerizos es el perfume que desprende naturalmente su hijo. Quizás, cuando con anterioridad visitaron a amigos o familiares con niños, pensaron que ese aroma se debía al uso de colonia, pero no. Es la propia cabecita del pequeño la que lo desprende. Se trata del olor característico de los bebés.

A cualquiera que se acerque a ellos le resulta placentero, pero lo disfrutan especialmente sus padres, y entre ellos sobre todo la madre. Ese vínculo que las une con sus retoños desde el primer momento en que ven su cara parece hacerse más y más intenso a medida que pasan tiempo juntos. Son muchos los factores que influyen ahí, pero precisamente ese perfume que tanto llama su atención al principio parece ser uno de ellos.

La química detrás del olor de los bebés

El año pasado, un equipo de científicos japoneses llevó a cabo un estudio en el que se analizaba la composición y la función del olor de los bebés.

Para ello, construyeron una especie de gorrita, compuesta por un conjunto de bolas de monosílice envueltas en un vendaje de red. De este modo, podían recoger el olor de las cabezas de los cinco recién nacidos a los que se las colocaron, sin generarles ningún estrés.

Por otro lado, también tomaron muestras del líquido amniótico de las madres y las colocaron en recipientes en los que previamente habían suspendido las mismas perlas, capaces de atrapar el perfume de su contenido.
El análisis del monosílice en ambos casos mostró un total de 37 compuestos químicos volátiles asociados al olor. Entre ellos había sustancias como aldehídos, hidrocarburos u óxidos carbónicos, todos ellos en diferentes composiciones. De hecho, la composición era tan diferente que se podía elaborar un patrón distinto para cada bebé y para cada muestra de líquido amniótico.

Pero lo más llamativo fue que este patrón no era estable. En el caso de las muestras extraídas de las cabezas de los recién nacidos. A los dos primeros se les extrajeron nada más venir al mundo, mientras que a los otros tres se les recogieron entre dos y tres días más tarde. Curiosamente, estos tres últimos tenían patrones bastante parecidos entre sí, mientras que los de los dos primeros eran mucho más diferentes el uno del otro. Esto mostraba que el olor de los bebés nada más nacer es un rasgo distintivo, que les permite expresar fuertemente su individualidad. Las madres suelen decir que su bebé es más bonito que ninguno. Aquí puede haber un alto componente de subjetividad, pero lo que pueden decir con total seguridad es que ningún niño huele como el suyo.

Fácilmente diferenciables

Para comprobar si realmente el olor de los bebés es un rasgo claramente distintivo, los autores de este estudio pasaron a una segunda fase de experimentos. En esta, un grupo de estudiantes, con edades comprendidas entre los 18 y los 24 años, debía diferenciar entre varias muestras a través del olor. Algunas procedían directamente del líquido amniótico. Otras eran reproducciones artificiales del aroma extraído de las cabecitas de los bebés.

En total participaron 62 estudiantes, 31 chicos y 31 chicas. La prueba consistía en hacerles oler una muestra y, quince minutos más tarde, darles a elegir entre otras cuatro para que determinaran cuál olía igual que la suya.
En el caso de las réplicas del perfume de los recién nacidos, la tasa de reconocimiento superó el 70% en todos los participantes. Sin embargo, solo alcanzó un 55% para el líquido amniótico. Pero más curioso aún es que las chicas reconocieron los olores con una eficacia mucho mayor que sus compañeros, un 73% frente a un 36%.

¿Significa eso que las mujeres están “programadas” evolutivamente para reconocer el olor de los bebés?

Un perfume adictivo

Según un estudio publicado en 2013 por un equipo internacional de investigadores, el olor de los bebés estimula la liberación de dopamina. Este es un neurotransmisor conocido por formar parte de los sistemas de recompensa asociados a las adicciones.

Este efecto se muestra especialmente relevante en las mujeres, y más aún en las que son madres. Dicho de una manera muy somera, oler la cabecita de sus hijos les genera un inmenso placer, casi tanto como tomar una cucharada de pastel de chocolate o, en el caso de las fumadoras, dar una calada a un cigarrillo.

Esto parece tener una explicación evolutiva. Las mujeres reciben el aroma de sus hijos como una recompensa, de modo que se sientan empujadas a cuidar de ellos. Este es solo uno de los factores que las llevan a ello, por supuesto, pero cumple a la perfección con su función.

Cabe destacar que este olor va desapareciendo con el tiempo o al menos va tornando a otro menos “adictivo”. El autor principal de este estudio, en una entrevista para The New York Times, declaró que posiblemente se debe a que la responsable de este olor de los bebés es la vérnix caseosa. Este es un material graso, de textura similar al queso, que cubre el cuerpo de los recién nacidos. Normalmente se retira cuando el personal del hospital los lava, nada más nacer. No obstante, pueden quedar restos en el pelo o los pliegues de la piel durante unos días. Pasado este tiempo el efecto ya no es tan embriagador, pero ha logrado “enganchar” a la madre para siempre.

Desde luego, los padres también son capaces de reconocer este efecto. De hecho, un estudio de 1998 demostró que 11 de cada 12 padres podían reconocer específicamente el líquido amniótico que había rodeado a su bebé en el útero materno. No obstante, en un sentido evolutivo, son las madres las que han desarrollado con más fuerza este “superpoder”.

Los niños también reconocen a sus madres

Las madres quedan embriagadas por el olor de los bebés nada más tenerlos en sus brazos. Pero ellas también generan un efecto parecido sobre sus hijos. Tanto, que el simple hecho de percibir su aroma logra calmarles al instante.

Lo comprobaron en 1998 dos científicos de la Universidad de Oklahoma, con un estudio entrañable en el que participaron 44 bebés recién nacidos.

A todos ellos se les presentó durante el llanto un camisón, que podía pertenecer a su madre o a otra mujer que hubiese dado a luz en el hospital. Además, como control a algunos no se les presentó ningún camisón y a otros sí que se les hizo oler uno, pero la prenda estaba limpia, sin usar por ninguna mujer.

La proporción de niños que se calmaron ante la presencia del olor de su madre fue mucho mayor que en el resto de casos. Esto, según los autores del estudio, tiene una gran relevancia clínica por dos motivos. Por uno, porque el uso de una prenda materna puede servir para calmar a los niños cuando sus progenitoras no estén cerca. Por otro; porque, además de calmarse, tendían a abrir la boca, por lo que puede servir como estímulo para ayudar a los bebés con problemas para alimentarse.

En definitiva, no hay historia de amor más profunda que la de una madre o un padre con sus hijos. Como en el resto de formas de amor, buena parte de esos sentimientos son fruto de la química. Pero no importa, pues eso no lo hace menos especial, sino más bien todo lo contrario.

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