Sitges 2020: El terror al borde del bisturí en ‘Breeder’, de Jens Dahl

Cuando la serie El cuento de la criada fue estrenada en 2017, la cuestión sobre el control del cuerpo a través de la ley, un bien superior e incluso el dominio de los espacios personalísimos causó furor y una considerable angustia colectiva. El tema ya se había planteado en la novela del mismo nombre de Margaret Atwood, pero su reinvención televisiva trajo a colación, además, la posibilidad de un escenario en el que el individuo estuviera a disposición de la leyes por el mero hecho de carecer de derechos, bajo la sujeción de ideales retorcidos o hasta la noción sobre la necesidad del consumo de la identidad por parte de estamentos de poder. No obstante, lo más terrorífico de libro y serie era la verosimilitud del planteamiento. ¿Podría ocurrir algo semejante?

La película danesa Breeder, del director Jens Dahl, juega con la misma premisa, pero lo hace desde un punto de vista mucho más cruel y directo, al mezclar la circunstancia de la experimentación científica por un objetivo en apariencia elevado con viejas obsesiones colectivas. La inmortalidad y la eterna juventud como necesidad insatisfecha se transforman en una percepción de lo temible que convierte a la tecnología en el enemigo y, en especial, cuestiona hasta qué punto los límites éticos de la ciencia están en reñido contraste con las probabilidades de un descubrimiento que pueda beneficiar, a futuro, al resto de la humanidad. Y, a pesar de que Breeder no es una película que se interroga sobre la moral ni tiene la intención de moralizar, el argumento se hace interesantes preguntas sobre el hecho de hasta dónde podría llegar nuestra cultura en busca de una promesa de bienestar incumplida y con todas las posibilidades de hacerse realidad.

Como terror científico que se precie, Breeder no muestra de inmediato todas sus cartas. Es evidente que el director intenta tomar el ritmo pausado y reflexivo de Alex Garland para contar historias complicadas sobre lo que la tecnología puede ocultar como un arma de poder pero, a la vez, toma algunas decisiones argumentales interesantes para construir un escenario temible y doloroso que se avizora de inmediato. La cámara muestra primeros planos pulcros y limpios, en un intento de mostrar un tipo de prosperidad casi ilusoria que marca el ritmo de la película. Pero el secreto late al fondo y en más de una manera: las insinuaciones de lo que que esconde una instalación subterránea y los experimentos espeluznantes que se realizan en ella no son de inmediato el centro de interés del guion, que procura explorar con ritmo pausado las vertientes de la idea de cómo el futuro a corto plazo está plagado de riesgos inverosímiles que nadie pudo calcular.

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Beo Starling

Pero Dahl también está interesado en el horror corporal y lo plantea desde una premisa incluso sencilla: cuando Mia (Sara Hjort Ditlevsen) comienza a investigar el comportamiento inexplicable de su esposo Thomas (Anders Heinrichsen), encuentra que lo que a primera vista creyó que podría tratarse de una infidelidad es, en realidad, algo más grotesco y, sin duda, peligroso. Dahl toma la inteligente decisión de contar la historia desde la óptica del testigo, de modo que seguimos la historia a través de los descubrimientos de Mia y su manera de entender lo que implica la situación en que la doctora Isabel Ruben (Signe Egholm Olsen) implicó a Thomas. Muy pronto, la investigación accidental de Mia le lleva a descubrir que su marido invirtió en lo que se anuncia como un experimento acerca del rejuvenecimiento pero que, en realidad, es un recorrido tortuoso por una serie de torturas basadas en la posibilidad de alargar la vida y, en especial, el objetivo último de la vida eterna.

Claro está, el director podría seguir el camino sencillo de especular sobre lo que ocurre bajo tierra con la férrea dirección de Ruben pero, en lugar de eso, antepone la percepción del miedo a lo desconocido. Con ciertos paralelismos con la película de 1975 Stepford Wives, de Bryan Forbes, Jens Dahl muestra punto por punto cómo Mia desentraña el misterio y, al final, descubre el horror que habita en el centro mismo de sus sospechas.

Lo que comenzó con la fotografía de una mujer desnuda en el teléfono de Thomas termina por ser un viaje a los infiernos de la ultratecnología y, en especial, a una futurista despersonalización del cuerpo humano. La investigación de Ruben se basa en células madres y las víctimas que el laboratorio subterráneo mantiene cautivas son mujeres anónimas, que son utilizadas de la misma manera que, en la actualidad, se manipulan animales de laboratorio. La analogía es aterradora, de una crudeza por momentos insoportable pero, en especial, de una limpia contundencia que convierte a la película en un recorrido por los temores colectivos y el pensamiento sobre la cualidad de la ciencia más allá de lo ético.

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Beo Starling

Por supuesto, el mismo hecho que las víctimas sean mujeres —y que se utilicen a la manera despiadada de cobayas— podría añadir una capa política al argumento, pero Dahl lo evita con cuidado y se sostiene en la idea del hecho del control como una eventualidad monstruosa que se encuentra aparejada a la investigación científica. Mucho más a medida que el argumento comienza a mostrar todas sus capas: ¿quiénes están dispuestos a pagar por una fórmula para la juventud eterna o, dado el caso, una vida mucho más larga al costo de la vida de una víctima anónima? La presunción flota en mitad de la forma en que Mia asume, no solo el peso de los experimentos de Ruben, sino también su decisión de explorar lo que ocurre hasta sus consecuencias más críticas y exponer su propia integridad física en busca de una respuesta.

Dahl brinda especial importancia al hecho del terror y lo grotesco en medio de un ambiente tecnológico pulido y preciso. Hay mucho terror corporal y la cámara muestra de forma muy directa los alcances de los experimentos científicos que Ruben lleva a cabo con la misma mano precisa y diestra con que sonríe para la cámara de sus asociados. Uno de los elementos más inquietantes en Breeder es la percepción del horror que habita bajo la superficie de la ciencia, usada como elemento de poder. Varias de las escenas remiten de forma directa a ideas sobre campos de concentración y abuso corporal a un extremo que resulta doloroso e implacable.

Pero Dahl nunca supera la línea de lo morboso y se mantiene bajo una concepción de inquietante elegancia sobre lo perverso. Sus monstruos humanos, que caminan de un lado a otro en un laboratorio con paredes de acero cromado y con espléndidas instalaciones de lujo extraordinario, son tan temibles como los que la imaginación humana ha concebido a lo largo de la historia. Y el paralelismo, que Dahl establece con mano firme, es quizás uno de los puntos más firmes de la película.

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Beo Starling

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