De viaje al futuro: Seth Rogen encuentra el papel de su carrera con ‘An American Pickle’

En una época en que la posibilidad y las consecuencias de los viajes en el tiempo se han explotado a todo nivel y extremo, la película An American Pickle de de Brando Trost, puede parecer innecesaria. Pero en realidad, la cuestión sobre el tiempo y en especial, la manera en que las líneas de historias paralelas permiten reflexionar sobre el hombre y el mundo que le rodea, se convierte en algo por completo nueva en esta historia protagonizada por un sensible Seth Rogen y escrita por Simon Rich, que adaptó su propia serie de web publicada por The New Yorker, a un argumento profundo, nostálgico y al final, profundamente sensible.

A pesar de su tono de comedia con tintes cínicos, An American Pickle es una mirada inteligente sobre la identidad, la forma en que la cultura esculpe nuestra personalidad y al final, los lazos indelebles que nos unen al pasado.

Como una versión moderna del clásico personaje Rip Van Winkle de Irving Washington, Seth Rogen encarna en primer lugar a Herschel Greenbaum, un judío de Europa del Este que llega a la norteamerica a principios del siglo XX en busca de una vida mejor. Trost procura mostrar cada cliché sobre el inmigrante envuelto en esperanza y sufrimiento desde una versión de singular ternura, pero es Rogen el que logra que su Herschel sea un estereotipo para convertirle en el clásico buen tipo estadounidense que lleva interpretando durante buena parte de su carrera, sólo ahora que con un curioso acento y una profunda melancolía que el personaje refleja con una acertada versión sobre el pasado.

An American Pickle: una versión moderna del cásico

La combinación resulta exitosa gracias a la capacidad del comediante para encontrar un equilibrio amable en medio de la vida de su personaje. Es Rogen y no el guion, el que permite que la historia se sostenga sobre pequeños y conmovedores golpes de efecto: el Herschel que el actor crea es un hombre normal hasta en los menores detalles, pero también uno tan particular en todas sus luces y sombras que termina por conmover con facilidad. Hay un notorio interés de Rogen por dotar de detalles sencillos pero significativos a su personaje: la sonrisa torcida, la risa contenida y nasal, la expresión de cansada preocupación, tan ajena a los aparentes veintitantos que Herschel lleva con dificultad.

Se trata de un matiz nuevo en la carrera de un actor conocido por crear una serie de estereotipos netamente estadounidenses: en lugar de enfocar el interés en la serie de pequeñas desgracias que lleva a cuestas, Rogen toma la inteligente decisión de reflejar a un ciudadano de su tiempo con un trabajo miserable y también, una vida típica, aunque dura y por momentos deprimente. Pero Herschel es realista, en la medida que su mirada sobre su vida, no es dramática ni mucho menos pesimista. Trata de vivir — sobrevivir — en la medida que en también, intenta ser feliz junto a su esposa Sarah (Sarah Snook) en un Brooklyn a tonos grises al que Trost brinda una indudable personalidad.

Por supuesto, la película depende de su giro fantástico y el argumento se toma algunas molestias para crear una situación ridícula, inverosímil pero que permita de un modo u otro, sostener al film en el momento de ruptura que podría lastrar el resto de su solidez. Pero de alguna forma lo logra y cuando Herschel despierta 100 años después de su último que recuerda, la película toma un ritmo nuevo y se renueva con una transición lenta y bien pensada, que a pesar de algunos baches de guion, logra desarrollar con propiedad el punto esencial de la historia: Herschel, un hombre de 1920, debe enfrentarse al mundo de 2020.

Y aunque en la historia de Simon Rich el interés recae en la forma en que Herschel trata de adaptarse a una versión desconocida e impensable de la vida tal y como la conoció, la película de Trost toma la inteligente decisión de traer a Herschel al futuro con todas sus consecuencias. De pronto, este judío discreto, trabajador y con apreciable acento, se convierte en una celebridad, la gran noticia del año. Nuestra época le consume con voracidad, le arroja a la mitad del escenario y por supuesto, ocurre lo inevitable: Herschel debe encontrar una manera de sobrevivir pero también, de mantener la cordura, de entender su vida como parte de algo más grande.

an american pickle

Es entonces, cuando Rogen demuestra que An American Pickle puede ser el vehículo para demostrar un desconocido talento para un registro de actuación por completo nuevo. Las autoridades, desbordadas e incómodas por el problema Herschel — este “viajero” en el tiempo que en realidad, no lo es — termina por encontrar a un descendiente vivo, Ben Greenbaum (también Rogen), el bisnieto solitario y amable de Herschel. Ben dedica buena parte de su tiempo a desarrollar un App que permitiría calificar a las empresas por su ética y que de alguna forma, debería zanjar la vieja cuestión de en quien confiar en una época como la nuestra.

Sin duda, el giro de tuerca es ambicioso: se trata de combinar una fantasía sobre la ausencia, el autodescubrimiento y el renacimiento, con una fábula moral sobre nuestra época. Trost no lo logra del todo y desaprovecha los puntos más interesantes del argumento — el descubrimiento de Herschel de una ciudad en plena capacidad, a la que recuerda de manera indistinta y blanda — en hacer hincapié en la improbable relación entre el huérfano Ben — que perdió a sus padres — y a Herschel, convertido también en un huérfano pero de una época, una forma de vivir y al final, su propia individualidad.

Pero a pesar de sus baches de guion, Trost logra unir varias de las líneas más interesantes y crear un fluido diálogo entre el futuro y el pasado, en una mirada amable y dolorosamente sentida sobre quienes somos, lo que perdemos, recuperamos y al final, sostiene nuestra vida tal y como la conocemos. An American Pickle pudo ser mucho más, pero su amable mirada sobre el bien y el mal, las pequeñas ideas sobre la bondad y al final, el amor, tienen la suficiente fuerza para reflexionar sobre lo contemporáneo de una manera eficaz.

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