Crítica de ‘La caza’, un entretenimiento juguetón a lo «Yippee-ki-yay, motherfucker»

No parece muy fácil intuir las razones por las que un relato como “El juego más peligroso” o “Los sabuesos de Zaroff”, escrito por el guionista neoyorkino Richard Connell (Juan Nadie) y publicado en la revista Collier’s Weekly en enero de 1924, haya visto tantas adaptaciones al cine. La primera, El malvado Zaroff (Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, 1932), cuenta como corresponsable con uno de los directores de la mítica King Kong (Merian C. Cooper y Schoedsack, 1933) y llegó a convertirse en una película de culto. Y tal vez se deba a este último extremo, pues su historia no resulta especialmente fascinante.

En las décadas siguientes, hubo veintitantas aproximaciones televisivas y otras seis en la gran pantalla de mayor o menor fidelidad al relato de Connell, desde A Game of Death (Robert Wise, 1945), pasando por Huida hacia el sol (Roy Boulting, 1956), Bloodlust! (Ralph Brooke, 1961), Ángel de venganza (Eddie Romero, 1973) y Esclavas del espacio (Ken Dixon, 1987), hasta Hounds of Zaroff (Ryan Prince, 2016). Y al menos trece propuestas inspiradas en él, de las que la más conocida probablemente sea Blanco humano (John Woo, 1993). Y ahora tenemos una de reciente estreno: La caza (Craig Zobel, 2020).

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Blumhouse

La gran brutalidad e incluso lo gore de este filme se encuentra a años luz de las costumbres del director, que hasta el momento nos había entregado tres obras muy decentes de trama y modales serenísimos, la casi documental Great World of Sound (2007), la perturbadora Compliance (2012) y la postapocalíptica Z for Zachariah (2015). Por supuesto, La caza supone la oportunidad de Craig Zobel de demostrarle a los grandes estudios de Hollywood que se puede encargar sin demasiados problemas de producciones así, tras haber salido orgullosamente airoso en el cine independiente.

Pero lo que une a los cuatro largometrajes de su filmografía es el interés por los recovecos oscuros del comportamiento humano y, en concreto, por la falta de consideración hacia otras personas y la indiferencia ante el daño infligido. Y lo que distingue a La caza de sus antecesoras con el relato de Connell en mente es el decidido tono de comedia negra se percibe desde el mismo comienzo por la guasona banda sonora de Nathan Barr (The Americans). Algo muy propio de nuestros cínicos tiempos, muy alejados de la sinceridad del heroísmo solemne en la adaptación de Pichel y Schoedsack, la de Wise y las demás.

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El libreto de Nick Cuse (Maniac) y el famoso Damon Lindelof (Lost), uno de los guionistas y uno de los creadores de The Leftovers (2014-2017) junto con Tom Perrota (Juegos secretos), contiene unos cuantos giros inesperados y hasta desconcertantes que cuadran con el espíritu de esa serie televisiva; sobre todo, por capítulos demenciales como “International Assassin” (2×08). Su actitud juguetona nunca se le había visto a Craig Zobel pero sí a Cuse y Lindelof, y hay también aquí una conciencia clara de la actualidad por sus detalles conspiranoicos y sobre la xenofobia y los inmigrantes refugiados y un humor que, en ocasiones, le haría saltar las costuras de la boca a los ofendiditos.

La planificación visual se revela muy competente, más movida que en los otros tres largos del director porque ha sabido enfocarla según las necesidades del thriller y la narración de La caza, pero nunca brillante más allá de alguna voltereta específica. Y del elenco no hay nada negativo que decir; todos cumplen sin lucirse. Pero Crystal, a la que interpreta una medida Betty Gilpin (GLOW), es uno de esos personajes implacables a lo John McClane (Bruce Willis) en Jungla de cristal —aunque con un lenguaje menos torrentoso y florido— de los que pensamos desde que se inicia la juerga que nos encantaría contamplarles machacar a los malos. Y qué satisfactorio entretenimiento.

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